martes, 27 de septiembre de 2011

Privacidad, novedad y competencia: los cambios en Facebook

Si a estas alturas no te has enterado, probablemente no tienes Facebook: son tiempos de cambios en Facebook. Para algunos más que para otros, ya que van testando las funcionalidades nuevas en diferentes perfiles y, en el caso de cambios tan radicales, sembrando el desconcierto. ¿Qué ha pasado?

- Las suscripciones. Por algún motivo, las páginas no acaban de encajar con las funciones que tienen las cuentas de twitter. Yo, que sigo siendo una lingüista aficionada, deduzco que es un problema de que se llamase "Me gusta". Decir que alguien "te gusta" suele ser falso. Me interesa, en todo caso. Eso está resuelto: ahora puedes tener dos perfiles en uno, y distinguir "Amigos", con los que llevar una interacción más próxima y compartir más información, y "Suscriptores", filtrando las publicaciones para que completos desconocidos puedan seguirte sin compartir con ellos tu plan del viernes por la noche. Esto es un acierto increíble. A mí me permite borrar de un plumazo en torno a 150 amigos que en realidad son sitios o artistas que no migraron sus perfiles a páginas. Gracias, Facebook.

- Listas de contactos más sencillas. O eso parece. Un buen día, Facebook ha decidido que te interesa distinguir a tus mejores amigos de la gente que vive en tu zona, de la gente que trabaja contigo, y te los ha separado en listas. Que probablemente es una buena idea y que les permite competir con la fascinación que han ejercido sobre mucha gente los círculos de Google+. Pero que a quienes utilizábamos listas de contactos desde hace mucho tiempo de forma diferenciada lo que nos ha producido es un ruido inmenso en la gestión de con quién compartimos qué. Por dos motivos, que me parecen dos grandes errores: 

  • No advertir de que se van a producir los cambios y/o (a ser preferible, y) permitir elegir si queremos o no utilizarlos. ¿Recuerdan aquel Facebook que ahora suena añejo, donde uno añadía o quitaba cuadros (luego pestañas) para utilizar cada funcionalidad? ¿Dónde quedó aquella idea fantástica de Facebook como collage de opciones?
  • Olvidarse de lo que ya hacían bien (principio de "si funciona, no lo toques"); yo hacía mucho tiempo que tenía configurado un targeting por defecto. ¿Qué pasó? Durante los dos primeros días, tal cosa había desaparecido y cada publicación aparecía con las opciones de privacidad de la anterior. Nada recomendable para quienes creíamos que seguíamos ocultando nuestra actividad. Afortunadamente, y de nuevo gracias, Facebook, ahora se puede cambiar la privacidad sobre las publicaciones antiguas. Algo inmensamente práctico para los que somos dados a cambiar de vida, y necesitamos varias "listas negras".

- El ticker. O Teletipo. O Información inmediata. Según en qué grupo de testeo te encuentres. Consiste en una barra derecha donde se publica todo tipo de información sobre tus contactos. Y ahí viene el primer problema: todo tipo. Facebook se ha visto inundada de mensajes pidiendo a los contactos que se eliminen su suscripción (sí, puedes "desuscribirte" de tus amigos; porque, para qué engañarnos, también pasa al contrario y todos tenemos amigos a los que adoramos pero de los que no necesitamos tener información permanentemente. Pesados somos todos. Pregunten a mis contactos, si no) de los "Me gusta" y "Comentarios". Porque ahora, si tú publicas con tranquilidad un comentario sobre el estado de tu mejor amigo, inmediatamente es de dominio público. Curiosamente, mientras se hacen estos cambios nadie ha pensado en actualizar simultáneamente mi bienamada pestaña de "Configuración de la privacidad", que ahora mismo tiene un mensaje que resulta casi un despropósito de puro overpromise.


Gracias por la buena voluntad, pero no, no puedo controlar cómo me conecto, porque no tengo forma de permitir a qué quiero que se suscriban mis amigos, y eso sin haber activado el servicio de suscripciones. Llamar "Suscripción" a la información que reciben mis amistades implica que yo debería permitir la suscripción, ¿no? Se me ocurre...

- A cambio, con toda esta información inmediata y gracias al enlace de Facebook y Spotify, en el nuevo apartado de Música, en tu pestaña de Inicio y en teletipos puedes ver en tiempo real la música que escuchan tus amigos. Hace unos días que está siendo una delicia sincronizar bandas sonoras con mis contactos. Incluso a pesar de los fallos previsibles en un lanzamiento, como no poder abrir directamente playlists y discos desde Facebook, que son un incordio, pero espero que se solucionen próximamente.

- El timeline: y esto es m-a-r-a-v-i-l-l-o-s-o. Si aún no lo han cotilleado, pueden esperar al próximo fin de semana, o seguir este tutorial de AERCO. Yo ya no podría vivir sin él. Es tan bonito, tan agradable y tan sencillo que simplemente apetece utilizarlo, cosa que no sucedía con el perfil anterior. Es como tener un scrapbook donde eliges qué destacar y en qué momento. Con eso, Facebook consigue atraer incluso contenidos anteriores a su creación: la inclusión de hitos vitales, que se reflejan también en el nuevo mapa, puedes dejar constancia de algunos de los momentos más importantes de tu vida. Y si no lo eran, no pasa nada: puedes expandir cualquier publicación anterior que pareciera intrascendente para darle protagonismo en tu perfil. Por una vez, Facebook ha creado un desarrollo realmente flexible, que permite múltiples usos. El timeline es un diez.

- Los titulares: y esto, francamente, me pone de muy mal humor. Porque después de haber vuelto a cambiar la configuración de mi página de inicio para ver a todos mis amigos y de haberme tomado el trabajo de ocultar una a una a personas y páginas menos interesantes, me encuentro con que ahora es Facebook quien decide mi dieta informativa. Entre las publicaciones de mis amigos. Se acabó la ordenación cronológica: ahora el concepto de tweetstar también rige Facebook. Me ha pasado un poco igual con el descenso de las notificaciones por e-mail: quizá lo agradezca, pero me pregunto por qué esa condescendencia que te hace pensar que veo todas las noticias o recibo todo por e-mail porque no quiero cambiarlo, en lugar de porque prefiero tener accesible toda la información en todas partes.


En conjunto, me queda la pregunta de si no es posible dar a los usuarios el poder de decisión sobre su propia información (producida y consumida). Creo que el pavor ante la aparición de otras redes con potencial (y dejémoslo ahí, porque de momento Google+ no deja de oler a globo pinchado) no debería producir una avalancha de cambios mal testados (desde aquí hago un llamamiento a Facebook para contratar testers. No me parece serio, tampoco, que tengamos que ser los usuarios quienes valoremos sus traducciones. El prosumo tiene límites, me parece) y que pueden producir un pánico colectivo al perder el control sobre lo que hacen en una página que para mucha gente empieza a parecer, como decía una amiga, "su sitio en el mundo".

¿Y tú, qué piensas de todo esto?

Otras opiniones y más información:
- Una infografía muy ilustrativa sobre el timeline, en RRHH Socialmedia (Social Media Network)
- La relación entre los cambios de Facebook y su competencia, en RTVE.
- Las novedades en gestión del flujo de información, por La chica del Facebook.
- Los problemas con la configuración de privacidad, en Portaltic.
- Novedades de aplicaciones, por Ricardo Mena para AB Internet.
- Una visión sobre la privacidad, por Enrique Dans.
- La relación entre la nueva API y la privacidad, en TIC Beat.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Decir no

Hoy me parece un día perfecto para retomar el blog. Y es que hoy hace un año que rechacé un trabajo.

En estos tiempos de crisis es evidente que las condiciones empeoran, que hay que estar a la que salta, y así una sucesión de frases hechas que no me voy a molestar en repetir porque todos hemos oído mil veces ya, pero que creo que se resumen perfectamente en este reciente artículo de Expansión que promueve la vuelta a la beca después de un parón en la carrera profesional como solución a todos los males.

Sí, la argumentación se sostiene, probablemente, pero me van a perdonar que hoy, en homenaje a la dignidad que mostré hace un año, saque la vena de doctoranda en Sociología y me atreva a dudar de que una argumentación sólida sea por sí misma una muestra de verdad.

Hablo, por supuesto, desde la posición privilegiada de quien cuenta con recursos de muchos tipos que se pueden resumir en un trabajo a jornada completa que me apasiona, una serie de clientes satisfechos y recurrentes que son capaces de valorar que me importen los detalles, una red de contactos de gente con la que se puede tener conversaciones maravillosas y que además consideran que puedo aportarles algo, y, perdónenme también la falta de modestia, de mucho trabajo a mis espaldas, parte del cual incluso me hace sentir orgullosa.

Pero desde esta posición, no, indudablemente no es mejor tener una beca que estar sin trabajo.

Bajo el mito, la frase hecha, de "que la inspiración te pille trabajando", bajo la inercia de estos tiempos de inestabilidad, de trabajo por proyectos y de ser polivalente o morir en el intento, es complicado decir esto y plantarse. Pero me parece necesario recordar que sea cual sea el compromiso que adquiere una persona al entrar en una empresa, tiene una serie de implicaciones:

1) Tienes un trabajo que hacer.
2) Tienes que hacerlo bien.
3) Eso requiere tiempo y energía.

Creo que hasta aquí estamos todos de acuerdo.

Pues bien, a partir de aquí, una beca que no soluciona las necesidades económicas fundamentales de cualquiera (y que, desde mi posición privilegiada de nuevo, puedo resumir en techo, comida, relación con los demás -cada día más difícil de realizar gratis-, reciclaje permanente -lo cual implica el consumo de bienes culturales- y un mínimo de paz mental y tiempo para uno mismo) es una mala idea.

Porque tenemos que darnos cuenta de que tener necesidad de seguir aprendiendo permanentemente no es algo que implique que pueda ser normal tener tres trabajos (mañanas, tardes, y fines de semana), porque entonces todo lo demás se resiente.

¿Realmente queremos hacer mal un trabajo por falta de tiempo y energía? Si la motivación es hacer CV y demostrar que seguimos activos, ¿no deberíamos demostrar resultados, sea lo que sea lo que hagamos? ¿No es preferible decir "no" si no damos abasto que cargar con algo que mina nuestro resultado profesional y nuestra vida personal?

Evidentemente hay casos de necesidad. Pero no creo, sinceramente, que sea el público de Expansión, ni el de este blog. Ese público cree fervientemente en el marketing personal y a veces parece que se olvida de que una de las P's del Marketing es la de Precio.

Hace un año, yo rechacé un trabajo porque era un error estratégico. Estaba en el paro y estaba asustada, como es normal, porque a pesar de haber estado estudiando, un parón de un año en una carrera profesional siempre es algo difícil de justificar. Porque la situación económica y laboral está en ese punto lleno de frases hechas al que he dicho que no voy a referirme más. Pero tuve que plantarme, y decir no. Porque me pedían un compromiso al que ellos no respondían y al que yo no sería capaz de responder si necesitaba complementar mis ingresos. Y, la verdad, porque ni siquiera era lo que quería hacer.

Mi jefe bromea a veces con que si me despidiera, seguiría trabajando a escondidas, y probablemente tiene parte de razón. Me apasiona mi trabajo actual y no podría dejar de hacerlo. No podría dejar de interesarme, de investigar, de probar, de aprender. En esas condiciones, puedo llegar a aceptar que una beca sea una opción preferible que estar en el paro. Pero, y no se lo van a creer, mi jefe, además, entiende que para que sea feliz, proactiva y tenga resultados, tengo que comer y dormir todos los días.

Será que estamos locos.

viernes, 3 de junio de 2011

RSC: la teoría convertida en práctica en el caso XUL

Hace unos años (no muchos, cierto es), cuando estaba acabando la carrera, estaba apasionada con el tema de la responsabilidad corporativa. Por aquel entonces en élogos estábamos empezando con el proyecto de RSC tanto a nivel interno como externo y tuve la suerte de estar en el germen (creo que es una suerte que me está acompañando en mi vida laboral y por la que doy gracias: no paro de aprender cosas) y de poder aprender muchísimo junto al resto de las personas que construimos (y que hoy siguen construyendo) aquello. Me interesó tanto que mi proyecto de fin de carrera se dirigió hacia la implantación de un plan de RSC en PYMES. Confesaré, con distancia, que el proyecto estaba un poco cojo, aunque tenía ideas que posteriormente me han servido al menos para regalar a otra gente metida en la misma aventura.

Ayer me resultó curioso que una de mis nuevas compañeras me preguntase por el tema. Sólo han pasado unos pocos años pero parece que todo lo que estaba por venir llegó (en menor medida de lo que se esperaba, eso sí). La acción social fagocitó la idea de empresa responsable, y sólo una idea bastante más publicitaria que real de ecología le hizo sombra. La dimensión interna de la RSC quedó excluida, mirando desde un rincón a la legislación laboral, que tampoco fue necesariamente a mejor, o reservada para lo que se sigue llamando "una empresa tipo Google".

Supongo que es sobre todo por mi carácter, pero personalmente me parecía mucho más relevante la dimensión interna. Lo que yo entiendo por responsabilidad tiene mucho que ver (aquí llega mi yo-pedante) con una idea kantiana de lo que debería ser la ética. Y eso se demuestra más bien con la gente de tu entorno que con la gente que te saluda desde lejos: más con tus empleados que con tus clientes.

En estos años mi pasión por la RSC ha ido decayendo, en parte por un cierto cinismo que no me ha quedado más remedio que desarrollar como respuesta al cinismo que mostraban, también, el resto de los actores implicados. No señalaré: ya sabéis que no me gusta. Pero busquen "empresas responsables" aleatoriamente y mírenlas de cerca. No creo que haya muchas que salgan bien paradas.

Y sin embargo, en las últimas semanas he encontrado casos reales para volver a creer en la RSC. Mi propia empresa, en la que nos pasamos ayer la tarde analizando la cultura y los valores corporativos y tuve la satisfacción de comprobar que estoy en un entorno que cumple lo que promete: que sabe cómo quiere ser, que ya es así en gran medida, y que está dispuesto a modificar lo necesario para mantener unos valores que no sólo recitamos sino ejemplificamos, todos nosotros, con nuestro comportamiento diario. Y el caso de XUL, que me parece incluso más valioso en tanto que hay que tener mucho más valor para reinventarse que para inventarse a secas.

Después de doce años de experiencia, han concluido que pueden hacerlo mejor. Así que han emprendido un proceso de "Cambio y tuits": "Es un proceso participativo de gestión del cambio en XUL en el que durante una semana vamos a trabajar de forma participativa y abierta todos los miembros de XUL junto a amigos, clientes y colaboradores en la definición de varios aspectos clave de nuestra empresa."

Por una vez, y espero que sea sólo el principio, una empresa que se atreve a hablar de principios activos y de centrarse en las personas, ha decidido poner a sus personas a elegir activamente cómo quieren que sea la empresa que componen. No sólo es original, no sólo es interesante. Es fundamental, es necesario.

Y es inmensamente práctico.

La semana pasada publicaban en El País un artículo titulado "Más felices, más productivos" y, llegados a este punto, no deja de sorprenderme que siga haciendo falta publicar semejantes cosas. Es evidente. ¿Qué vamos a hacer con más ganas, con menos prisas, con más creatividad, que aquello que nos hace felices? [Quizás distraernos. Pero procrastinar es parte integrante del proceso creativo]. Las personas más felices, las que trabajan en grupo, las que tienen margen para cometer errores, son mucho más creativas y obtienen mejores resultados, y más rápido. ¿Una muestra? Si han estado en el proceso de reestructuración de cultura corporativa de alguna empresa sabrán que normalmente lleva meses elegir las prioridades, los valores, los comportamientos, el reflejo que todos estos elementos tendrán sobre la estrategia...

En XUL, en cuatro días "maratonianos", han pedido a sus empleados que trabajen juntos (y junto a otros colectivos clave) para definir cómo quieren a su empresa. Han trabajado todos juntos y uno de los días se han dividido en equipos de trabajo, cada uno de los cuales se ha centrado en un tema o área funcional. Dedicando tiempo a aprender, a descubrir (herramientas, procesos...), a debatir y a reflexionar, han definido:
  • Sus valores corporativos. Que, créanme: funcionan mejor cuando se trata de encontrarlos entre todos que de imponerlos a una plantilla que no encaja con ellos. Así que estoy segura de que XUL cumplirá con las ideas de implicación, responsabilidad, compromiso y creatividad (por la persona que conozco y que ya trabaja allí, no puedo tener la menor duda). Y no soy la única: en la entrada del blog en la que desarrollan la misión, visión y valores, alguien ha dejado el mejor comentario que se puede hacer: "Leer estas lineas es como ver al equipo de Xul, avanti tutta!"
  • Su estrategia de marca. A grandes rasgos, claro: siempre hay tiempo para seguir desarrollando una estrategia. 
  • Su estrategia de servicios. ¿Por qué las empresas no hacen partícipes a sus empleados de estos procesos de decisión? ¿Y si supieran hacer algo con una gran proyección de mercado pero no tuvieran canales para decirlo? ¿Y si la empresa se obsesiona en realizar un servicio con el equipo equivocado?
  • Toda una serie de conclusiones, en fin, que explican mejor ellos en esta otra entrada de presentación de resultados
En el proceso, han involucrado a personas que no conocían la empresa, y han seguido la maratón por Twitter y Facebook. A clientes, que comentan y hacen preguntas desde la página en Facebook. A los empleados, "tan motivados que han desarrollado un lema". 

Participación. Formación. Diálogo. Si alguien sigue creyendo que todas esas cosas, por intangibles, no son "rentables", quizás es mejor que cambie de planeta. Por su bien. 

lunes, 16 de mayo de 2011

¿American Psycho 2.0? Klout no perdona

Bueno, pues a estas alturas hay algo que creo que sabemos todos: Blogger ha tenido la semana pasada la peor caída de su historia. Está siendo una primavera tonta, la de este 2011. Primero, la caída de Amazon generando dudas sobre el cloud computing, y ahora 2 días sin Blogger.

Yo me he incorporado a un nuevo trabajo el pasado martes, y mi llegada a las oficinas de París para el plan de acogida ha coincidido precisamente con un problema con nuestro proveedor de Internet que ha tenido sin conexión a todos los equipos fijos (la WiFi, afortundamente, iba). Trabajo en una empresa de juegos online. Imaginen. Absolutamente nada que hacer. Es un sitio donde "trabajar en local" es una expresión con muy poco sentido. Eso es fabuloso, claro está. Permite que el producto se actualice enseguida, que tengas agilidad para introducir cambios, que te comuniques con la comunidad de jugadores en tiempo virtual. Pero, claro, genera nuevas dependencias.

No pasa nada. Antes, cuando se iba la luz tampoco se podía trabajar (y además, en según qué edificios, era incluso algo siniestro). La caída de Amazon fue bastante seria, sí, pero incluso después de unos días sin Hootsuite se pudo vivir. Y, honestamente, no creo que esto implique que hay más problemas de seguridad que cuando se trabaja sobre servidores propios. Pero en fin. Para gustos los colores. Y toda tecnología necesita a sus apocalípticos, supongo.

El caso es que se cae Blogger y mi TL de Twitter se vuelve loca. Y yo, que últimamente actualizo a finales de semana, directamente doy por perdida mi actualización semanal. Honestamente, tampoco pasa nada. ¿Seguro?

Porque en cualquier presentación sobre SEO te advierten de las penalizaciones que un blog recibe por parte de los buscadores cuando se deja de actualizar. Y debo confesar que pensaba que era un mito pero mi posicionamiento en Google, que me había parecido muy rápido, cayó en picado durante una racha de mucho trabajo a mediados de abril. Y supongo que ahora andará igual. Desaparecido en torno a la quinta página de resultados, que es como no existir.

A finales de abril, también, modificaron el algoritmo de Klout para hacerlo más exigente; y ahora penaliza a aquellos usuarios que tenemos una mala semana y no podemos andar mucho por estos lares. Por si alguien no lo conoce, Klout es una herramienta de medición de la influencia online que aunque está en beta se define con el ambicioso claim "The standard for influence", nada menos. Es una herramienta interesante, la verdad, y además tiene el mismo punto a su favor que le veo a Foursquare: si me das una lista de chapas-trofeos-logros-álbumdecromos para coleccionar, es probable que me acabe enganchando. Me parece algo práctico para complementar las estadísticas de Facebook, que son regulares, la verdad. Y es una herramienta muy intuitiva para ver qué tal funciona tu cuenta de Twitter. Si no digo que no.

Digo que cuando alguien viene con su Klout por bandera, da miedo. ¿Han visto, o leído, American Psycho? ¿Recuerdan esa famosa escena con las tarjetas de visita? A mí me pone los pelos de punta.


Así que, en realidad, siendo sincera, no tengo problema alguno con Klout. Tengo un problema con que Klout aparezca junto a mi nombre en mi perfil de Twitter, es decir, tengo un problema con la integración de Klout en clientes como Hootsuite, y tengo un problema muy serio con el concepto de la tarjeta de visita. Y es que, ya lo dije, de cuando en cuando me sale un punto rancio en el que hecho de menos la vida antes de que todo fuese monitorizable. Todos sabemos, o intuimos, al menos, quién es más influyente que nosotros. No hay necesidad, creo yo, de que a la hora de agregar a alguien me lo coloquen numéricamente en una escala que, además, no me parece realista (otra cosa es que sí me parece interesante su clasificación en tipos de usuarios, que te coloca en diferentes cuadrantes de una matriz en función del tipo de interacciones). Es como el número de followers: mientras la gente siga a otros sin ningún criterio, ¿qué información me da a mí la gente que te sigue?

Puede que tengas un número muy reducido de seguidores, muy selectos. Y que esos no se pierdan ni uno solo de tus tweets. Puede que tengas un montón de seguidores que prácticamente no leen: sólo publican su propio contenido, y siguen a todo el que les sigue. Puede que consigas muchos RT a costa de lo que en IRC se llamaba floodear, no sé si en Twitter tiene un nombre: programar tus publicaciones para colapsar las pantallas de tus seguidores y que todo lo que vean, a cualquier hora, sea tuyo. Pues bien, eso te hará popular. Pero inaguantable.

Honestamente, me gusta saber cuánta gente disfruta con lo que leo, no cuantos me hacen un #ff para ver si se lo devuelvo. Me gusta saber a cuánta gente le resulta interesante el contenido que comparto. Me gusta reconocer a los demás esa capacidad de compartir o crear buen contenido; no necesito que me lo agradezcan públicamente. Nunca he hecho un RT buscando que me mencionen. Dios me libre.

Probablemente me lo esté montando fatal, y de hecho Klout ya me está castigando. Pero, ¿saben qué? Una de las cosas más bonitas que aprendí en el #8DíaC es que hay gente que en su tarjeta de visita tiene puesto "Ser Humano". Yo, de momento, me contento con ser groupie, sin más cargo que ese. Me da la sensación de que mientras agregue a la gente que me divierte y no a la que me conviene, mientras vaya a los sitios a ver y no a dejarme ver, escriba sobre lo que me interese y cuando mi maravilloso trabajo nuevo me lo permita, seguiré disfrutando de lo que hago. Y sin disfrutar, no se comunica, señores, créanme.

sábado, 7 de mayo de 2011

Y tú, ¿qué querías ser de mayor?

Ayer por la tarde estuve dando una pequeña charla sobre cómo usar Internet de forma más prudente a una clase de niños de 11 años, por petición de una profesora del máster. Es una de esas cosas que parece mucho más sencilla cuando la piensas que cuando te pones a hacerla. ¿De qué hablarles a quienes conocerán como la palma de su mano una "parte" de Internet por la que yo me muevo poco? La verdad es que temía bastante que lo que a mi profesora le parece un conocimiento experto a ellos les pareciera pura charlatanería (ejercicio práctico de qué ocurre cuando no superas la prueba de la madre). Finalmente, me apañé bastante bien y conseguimos hablar de todo lo bueno y lo malo de la red, sin dramatismos ni exageraciones ni por uno ni por el otro lado: Internet como fuente de información contrastable con profesores y padres, disfrutar de los juegos on-line pero procurar hacerlo jugando con otros y sin dejar de jugar a otras cosas, acceder a contenidos culturales de forma legal y evitando el malware, tratar a los demás con respeto evitando y denunciando el ciberbullying y el bullying a secas, y cómo comunicarse con gente de forma sensata: no hables con extraños, v. 2.0. Divertido.

El caso es que cuando mi profesora me presentó me sentí extrañamente traidora. La verdad es que tengo la suerte de tener una profesión y estar a punto de empezar en un puesto que son muy atrayentes para personas de esta edad, pero, en realidad, ¿dónde creía yo que iba a estar cuando tenía 11 años? Ya me pasó mientras preparaba la presentación y me preguntaba qué me interesaba a mí con 11 años (independientemente de que, claro, no lo hiciera en Internet). ¿Quería ser quien soy cuando fuese mayor?

Con 5 años quería ser pintora y vivir en París o Nueva York. Actualmente tengo vínculos fuertes con ambas ciudades, pero me temo que he tenido que asimilar mi incapacidad total para la expresión plástica. Aun así, sigo pensando en dibujar las fotos que no puedo hacer.

Cupcakes de Reyes Magos y Hello Kitty como estrella invitada
Con 6 años quería ser pastelera. Iba a tener una tienda que se llamaría El ratoncito Pérez y comería dulces todo el rato. Y, bueno, no tengo una tienda, pero después de muchos años de independencia me he reconciliado con la cocina gracias al impulso de Ruth, de Apetit'Oh!, que hasta me enseñó a hacer cupcakes estas navidades. Poco a poco, cocinar, y en cuanto que me termine de reconciliar con mi horno especialmente la repostería, se ha convertido en una válvula de escape.

Con 7 años quería ser escritora. Tanto es así, que hasta decidí qué iba a estudiar. Había un concurso de redacción de Barbie en el que tenías que presentar tu vocación. Yo dibujé a una Barbie sentada en su máquina de escribir y hablaba de estudiar Filosofía y Letras, leer mucho, pensar mucho y escribir novelas para niños. A día de hoy, aunque acumule polvo en el cajón, al menos puedo decir que tuve constancia suficiente para acabar mi novela juvenil y que incluso disfruto releyéndola y sintiéndome como si tuviera 15 años.

Con la adolescencia, mis vocaciones fluctuaban permanentemente. Quería ser periodista, pero un suceso trágico muy cercano y muy mal tratado por la prensa me hizo tomar una distancia con ellos que se convirtió en auténtica manía (afortunadamente me he ido calmando con el tiempo...). Soñé con ser hacker pero me sentía cobarde para dedicarme a semejante cosa. Me encantaba la bioquímica, y quise ser farmacéutica, pero la física se me atragantaba todo el rato y mi profesor de estadística de bachillerato me llamaba, directamente, chicadeletras, así que supongo que no tenía mucho futuro por esa vía. Pensé en estudiar Historia del Arte, aunque creo que es la vocación más breve que he tenido en mi vida (y ya es decir). Quise hacer Publicidad, pero leí 11,99 €, de Beigbeder, y me dio un miedo atroz quedarme sin principios. Pensé en estudiar Sociología, pero irme a estudiar a Granada sencillamente no era una opción. Llegué a decir en una charla de orientación que quería ser "actriz, o escritora; y si no, camarera. Para tener tiempo de escribir y actuar por las mañanas", provocando una preocupación considerable en mi entorno con ese alarde de bohemia.

Un vecino me invitó a actuar en su corto y concluí que era eso lo que quería hacer. Empecé Comunicación Audiovisual. Rodé algunos cortos y escribí bastantes más. Pero no cuajó.

¿Y ahora?

Ahora terminé siendo publicista, y ya no temo por mis principios. No pude ser socióloga, así que hice un máster y en "mis ratos libres" hago una tesis en sociología, como si semejante cosa pudiera ser un hobby. Hace años que no hago ni un amago de actuar, pero escribo todos los días; para mí, o para otros. Y nunca aprendí a colarme por agujeros de seguridad, pero me encanta toquetear los códigos fuente de las páginas. Afortunadamente, porque cada vez parece que va más unido lo de comunicar y programar (ya decía mi padre que la programación era un idioma...). El resto de mis vocaciones se han convertido en intereses personales; y, paradoja, una de mis aficiones se está convirtiendo, parece ser, en profesión.

Casi no puedo esperar a que sea oficial para compartirlo con todo el mundo porque estoy segura de que es el trabajo más bonito que he tenido en mi vida, y me parece que es lo que he querido hacer desde que empecé a considerar a Douglas Coupland entre mis escritores favoritos, pero ni siquiera ha aparecido en esta lista.

Ayer, alguno de los niños dijo que de mayor quería dedicarse a la Publicidad. Me encantaría preguntarle qué ha sido de él dentro de quince años.

¿Vosotros supisteis alguna vez que estaríais donde estáis?

martes, 3 de mayo de 2011

Maximizar el tiempo

Si algo tiene de buena la cultura actual es la capacidad de hacer de su esquizofrenia virtud y dejar un hueco para todo tipo de contradicciones. Una de ellas es la que no para de marcarnos formas contradictorias de relacionarnos con el tiempo.

Me resulta preocupante que el lema de las bebidas energéticas ya no sea el de exprimir la noche sino el espacio de trabajo. El lanzamiento en España de V - Energy Drink (no exento de polémica: incluso en Actuable hay una petición para que se retire una de las piezas de la campaña por considerar que crea estereotipos negativos de los trabajadores de L'Hospitalet) va asociado a rendir más durante la jornada como parte del proyecto de disponer de horarios razonables.

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Lo cierto es que en España tradicionalmente tenemos horarios más extensos, y la supuesta mejora que iban a introducir las tecnologías como herramientas para mejorar la productividad y facilitar la conciliación parece que ha ido más bien en la dirección contraria, como se analizaba en un artículo de Yorokobu del pasado mes de marzo, en el que se preguntaba por las nuevas formas de trabajo OAH (Open All Hours) y la necesidad de establecer barreras a estos con sistemas de OOOR (Out Of Office Repliers). Si nos movemos hacia profesiones directamente relacionadas con el mundo online como la requetetratada de community management, entonces el OAH parece no ya una exigencia, sino parte del sentido común.

Y, en paralelo, Flex tiene en marcha su maravillosa campaña de 40 días en la cama por un mundo Slow (Sra. Rushmore), nominada a los TheFWA (hoy son el site del día). De hecho, el lanzamiento del proyecto me gustó tantísimo que quería haberlo utilizado de excusa para informarme sobre el movimiento Slow. Una colega y buena amiga con la que siempre me gusta estar de acuerdo se me adelantó, así que os invito a que le echéis un ojo a la reflexión que hacía en su blog Sara Domínguez Martín sobre el tema.

Por mi parte, me quedo, como también me gusta hacer, con las preguntas. ¿Es razonable que tengamos que recurrir al café, esa droga mayoritaria del XX, o a las bebidas energéticas que quieren ser su equivalente en el XXI, para cumplir con nuestros horarios de trabajo? ¿Es razonable que nos sintamos culpables cuando le explicamos a un cliente que no trabajamos un fin de semana y que por tanto no tenemos tiempo de cumplir con un deadline imprevisto y con unas mínimas exigencias de calidad? ¿Es razonable que tengamos que seguir forzándonos a dormir seis horas diarias? ¿Es razonable que tengamos que ser aún más productivos para alcanzar un horario "europeo" considerando las tasas de paro actuales? ¿No sería mejor establecer primero el horario razonable, crear más puestos de trabajo y, de paso, permitir que el nivel adquisitivo general suba lo suficiente como para reactivar nuestras economías basadas en los servicios y otros productos que no son de primera necesidad?

No soy quién para aconsejar en este sentido, porque la verdad es que cuando no me meto en cien cosas no me siento yo misma, y cuando no trabajo un fin de semana acaba siendo porque estoy en un congreso sobre otro tema, y cuando termina el día me apetece aprender algo y no sólo ver una buena película. Pero creo que deberíamos obligarnos todos un poco a apagar esa adicción a lo urgente y dedicarnos a disfrutar el tiempo, y, por qué no, a perderlo. Para variar.

lunes, 25 de abril de 2011

Videojuegos: ¿placer culpable u oportunidad de negocio?

Durante un tiempo, me pareció que los adultescentes estaban en todas partes; debo confesar que me equivocaba rotundamente. Como habían llegado desaparecieron. Quizá nunca estuvieron allí (no masivamente), y sólo me llamaba la atención que se pudiera leer en positivo un fenómeno que socialmente me preocupa (¿los treintañeros no quieren crecer o no tienen cómo crecer?).

El caso es que dentro de ese estereotipo del treintañero postadolescente, de estética seudogrunge, con una curiosa relación con el trabajo que ahora se ha vuelto mayoritaria (apasionados de su sector, teletrabajadores, tecnófilos, etc.) también se incluía una afición a los videojuegos que sin embargo parece haber desaparecido en esta generalización del prototipo de las generaciones X e Y.

Los videojuegos siguen siendo cosa de niños. Los adultos no pierden su tiempo con este tipo de hobbies. Se dedican a cosas constructivas: a la lectura, la música, el cine; la cultura tal y como la conocemos.

¿Seguro?

Porque casi todas las parodias que se hacen sobre Facebook incluyen al menos un chiste sobre invitaciones a Farmville. Y según esta noticia de la semana pasada, el 40% de los usuarios de Facebook están en esta red sólo para jugar. ¡Sorpresa!

(via Alfredo Vela)

Los juegos no sólo son un entretenimiento. Cada vez más, este tipo de interfaces se utilizan como complemento en programas de formación. Entidades tan serias como el Banco de España se han lanzado a incluir juegos en su aula virtual, sobre temáticas tan áridas como medios de pago o estabilidad financiera.

Sin embargo, seguimos siendo reacios a reconocer la importancia de estas plataformas tanto en nuestros hábitos de ocio como en otros aspectos. Por ejemplo, el advergaming. Por supuesto, tiene sus reglas (como cualquier otro medio) y no es adecuado para todas las marcas, pero es perfecto para según qué productos y según qué targets. Por ejemplo, la película Rango realizó una campaña en Frontierville durante las semanas anteriores al estreno, consistente en que los jugadores obtenían puntos y objetos especiales por ver el trailer y encontrar al personaje de la película. Quizá parezca una campaña muy simple y poco notoria. Pero Cityville, el lanzamiento más reciente de Zynga, tiene casi 90 millones de usuarios activos al mes. Es un público muy difícilmente desdeñable, qué quieren que les diga. Y que pasen semanas localizando a tu protagonista en su ciudad virtual no es mala forma de que se acuerden de él.

Si realmente creemos que es fundamental estar en Facebook y vivir la red; si estamos de acuerdo en que tanto en redes sociales como en cualquier otro medio el usuario es el que manda, el que marca el tono de nuestro mensaje; entonces me parece un error dar la espalda a los juegos sociales considerando que son cosa de críos.

Afortunadamente, la mitad de los contactos del sector que tengo en Facebook están en estos juegos (como usuarios inactivos, la mayoría, es decir: por curiosidad y no por hobby, lo que dice mucho a su favor). Lo que no sé es a qué espera la otra mitad. Anda, sed buenos y ayudadme a construir mis fábricas. Yo, lo confieso, tengo un interés no sólo profesional. Quizá soy una adultescente, a estas alturas.